lunes, 23 de abril de 2007

La ineficacia de las estrategias tradicionales para luchar contra el terrorismo


Está generalmente aceptado que, aunque los principios estratégicos se manifiesten inmutables, ante las nuevas realidades se hace inevitable la creación de nuevas teorías estratégicas con las que hacer frente a las nacientes amenazas a la supervivencia. Así, la Revolución Francesa marca el comienzo de las teorías de la guerra total que más tarde se materializaron en la obra de Clausewitz. A su vez, la caída del Muro de Berlín marca el fin de la etapa conocida como Guerra Fría. Cada una de estas etapas están, además, caracterizadas por la aparición de nuevas armas que, a su vez, aportan nuevas posibilidades.

Pero si la mayoría de los análisis relativos al establecimiento de etapas que determinen las existencias de teorías estratégicas, suelen terminar con el fin dela Guerra Fría, la realidad es que el 11-S del año 2001 en Estados Unidos, más conocido como el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York, está marcando claramente el inicio de una nueva realidad. Esa nueva realidad que obliga claramente a la búsqueda de nuevas teorías de acción estratégica, con la que poderse defender de un nuevo enemigo muy peculiar. Ese nuevo enemigo no se identifica con un país o ejército determinado. De momento es conocido como Terrorismo islamista, para diferenciarlo del tradicional terrorismo nacionalista como el de ETA, IRA, checheno, etc.

Dado que el presente trabajo pretende ser una reflexión sobre la búsqueda de nuevas estrategias apropiadas para vencer al Terrorismo islamista, no entro ahora en el objetivo de hacer una descripción de lo que se entiende por Terrorismo en general. Para ello remito al lector a mi artículo titulado "Terrorismo, la nueva estrategia de guerra", que figura en este mismo blog, marcado con la etiqueta .

Hasta ahora, cuando se hablaba de teorías estratégicas clásicas se hacía referencia a las conocidas como de fuerza bélica directa, que conceden toda la importancia a la superioridad militar, mediante la concentración de fuerzas orientadas a destruir al enemigo mediante batallas decisivas. Son conocidas también como estilos de guerra de atrición, cuyo representante más relevante es el citado más arriba Clausewitz, con lo que nos remontamos al año 1831. Ahora se piensa que la mayoría de dichas estrategias clásicas eran válidas solamente para las llamadas superpotencias.

La etapa de la llamada Guerra Fría se caracterizó por la aparición de un nuevo equilibrio del poder, en la que hubo una reducción a dos del número de las grandes potencias: Estados Unidos y la Unión Soviética. Esta etapa se caracterizaba por la existencia de una bipolaridad del poder, y por la tendencia hacia un sistema de bloques. Como resultado de esta bipolaridad, desaparece la flexibilidad del equilibrio del poder de otras épocas. Dos superpotencias, cada una de ellas incomparablemente mas fuerte que cualquier otra potencia o combinación de potencias, se oponen entre sí.

La disparidad de fuerzas entre las potencias mayores y menores era tan grande que, estas últimas no tenían opción de poder participar en el papel de reequilibrar el poder. En realidad lo que estaba presente, en esta etapa, era el equilibrio del terror. O sea, el miedo a la amenaza constante de una guerra nuclear, en la cual no existiría ni vencedor ni vencido. De ahí su nombre de Guerra Fría. En esas circunstancias, la eventualidad del aniquilamiento total significó, paradójicamente, garantía de paz. El mundo conoció uno de los períodos históricos más prolongados sin un choque frontal entre grandes potencias, paradójicamente gracias a la detente de la Guerra Fría entre las potencias atómicas.

Pero con la caída del Muro de Berlín desaparece también la bipolaridad, quedando Estados Unidos como potencia hegemónica. Precisamente, es a partir de esta nueva situación de unipolaridad de Estados Unidos, cuando se hace más patente el fenómeno del terrorismo islamista. Es la nueva amenaza a la paz mundial, la nueva realidad que obliga a buscar nuevas teorías estratégicas apropiadas. Paradógicamente, el tradicional factor disuasor de gran potencia, no parece que surtiera efecto en el caso de del 11-S del año 2001.

Por poderosas que sean las estrategias defensivas clásicas, siempre puede aparecer un enemigo inteligente y audaz que pueda atacar por sorpresa y lograr la victoria. Por eso, las estrategias modernas establecen que es necesario desquiciar previamente al enemigo, ya sea física, psicológica o logísticamente, para luego poder ganar la batalla principal, al menor coste posible. Mientras, las estrategias al más puro estilo clausewitziano perseguían atemorizar al enemigo mediante la creación de un ambiente atracionista, por temor a las consecuencias de cualquier provocación.

Banderillas: Intelectuales


La mayoría de los auto intitulados intelectuales tipo "abajo-firmantes", se alimentan de las modas. Los temas de moda ahora son el anti americanismo, antisemitismo, el multiculturalismo con especial interés a la cultura musulmana, la antiglobalización, pero especialmente el nacionalismo. Esta actitud típicamente esnob que caracteriza a estos intelectuales, ha dado lugar a que se suscite un amplio debate sobre lo que se entiende por intelectual. Tal y como dice Paul Johnson "a diferencia de sus predecesores sacerdotales, no eran servidores e intérpretes de los dioses sino sus sustitutos". Lo que quiere decir Johnson es que en realidad lo que han hecho es suplir a la curia en su labor de pastorear al rebaño. Pero nadie como Raymond Aron denunció de manera tan contundente lo peligrosos que son los intelectuales que se guían por las modas. Cada época ha proveído el opio para los intelectuales "comprometidos". Hubo un tiempo que el marxismo les hacia levitar, lo que quedó reflejado, en el año 1955, en el sólido libro de Aron "El opio de los intelectuales". En nuestros días el nuevo opio lo proporciona, principalmente, el nacionalismo, el Islam y la globalización.
Banderillas de fuego (arte de torear).

Banderillas: Revisión histórica


La revisión histórica es uno de los recursos a los que suelen recurrir con más frecuencia los "intelectuales" nacionalistas. Por ejemplo, los catalanistas, ponen especial empeño en destacar que el año 1714 fue el fin de la Cataluña libre. Se ve que el efecto alucinante del nuevo opio les impide distinguir el camino que lleva hacia la modernidad. El método siempre es el mismo: repetir una mentira hasta la saciedad o deformar los hechos. La realidad es que las veces que Cataluña ha sido desleal a España, que han sido varias, ha sufrido periodos de involución y pobreza. ¿No sería que 1714 significó el final de la Cataluña feudal heredada de la edad media? ¿O que sus enemigos, los Borbones, llevaron con la denostada centralidad del Estado Unitario, el progreso que representaba el que los comerciantes catalanes participaran en el mercado americano, del que hasta entonces habían estado excluidos? La verdad que nos enseña la Ciencia Económica es que ese "simbólico" año fue el comienzo de una era de modernización catalana que permitió que en el siglo XIX Cataluña dispusiera de los recursos y las capacidades humanas que le permitieran llevar a cabo la industrialización posterior.
Banderillas de fuego (arte de torear).

domingo, 22 de abril de 2007

La enigmática burbuja inmobiliaria


Formalmente, en economía, es un desatino utilizar la expresión burbuja como un baldón negativo, no ya aplicada al sector inmobiliario, sino a cualquier otro sector productivo perteneciente a un mercado libre. Seguramente ha nacido y desarrollado en los medios de comunicación de la prensa. Va que ni pintado para un buen titular. Comprendo que se utilice como metáfora por aquello del glóbulo de aire que se forma en el interior de un líquido; o para referirse a un habitáculo hermético y aislado que proporciona impunidad; o en los tratamientos de ciertas enfermedades, como en los casos de los niños burbujas, etc. ¿Alguno de los que leéis este post, economista o no, conoce una definición convincente de lo que es una burbuja económica?

De momento el DRAE no lo recoge ni como acepción. Wikipedia, que se atreve con todo, dice: “Una burbuja económica tiene lugar cuando, en buena parte debido a la especulación [ojo al dato], se produce una subida anormal [habría que concretar en qué tipo de mercado estamos por aquello de la “normalidad”] y prolongada del precio de algún producto [cosa que puede ocurrir en cualquier momento y por diversos motivos con las patatas, las naranjas, el petróleo, el aceite de oliva, etc.; o también una bajada anormal, sin que hablemos de burbujas…], de forma que dicho precio se aleja cada vez más del valor real o intrínseco [¡vaya complicación!, hubiera sido utilísimo que W explicara que entiende por “valor real o intrínseco”, al que sólo se refiere como una unidad astronómica. Veamos, en la valoración de inmuebles puede ser un concepto jurídico indeterminado; también, en contraste con el valor nominal, el valor real toma en cuenta la inflación; otro, es un valor ideal que sólo podría conocerse si se eliminan todas las causas de error -¿?-; más, una factura puede ser un valor real frente a un valor venal; otro intento, la definición del Dic. Stanford que dice sería el que se estima pude tener un bien en un mercado estable que puede no coincidir con el del mercado en ese momento. Ufffff, desisto] del producto, entrando en una espiral de subida continua y alejada de toda base factual. [Otro problema semántico interpretativo: ¿de facto o de iure?;]. El precio del producto alcanza niveles absurdamente altos hasta que la burbuja acaba estallando [¿por qué, quién, cuándo…?], lo que hace que los precios vuelvan a su nivel natural [naturalmente, lo que nos faltaba para seguir complicando la cosa]. Esto se conoce como un crack”. [Esto parece la traca final: me suena. Será el del año 29, cuando no tenían ni mucha ni poca idea de cómo gestionar el sistema monetario –medios de pago- que es un monopolio legal que ejercen la Reserva Federal en USA o el BCE en Europa, entre otros.]

Lo siento, pero, en este caso, W me complica muchísimo y no me ayuda. Probaré tratando de recordar algunos conceptos básicos de economía. La presión de la demanda no siempre es especulativa. ¿Tendríamos que prohibir la publicidad, las Semanas de Oro, etc.? A la vista de esto, se podrían dar unos consejos para los amigos: en el libre mercado, procura no meter tu dinero en los sectores en los que coincida el “valor real” -¿de coste, de factura, de iure, de facto,…?- de los bienes con el valor de mercado. En globalización, saldrás corriendo hacia donde los costes comparativos sean menores –llamado efecto deslocalización en Puerto Real, o cualquier otro sitio, por decir algo que suene reciente-.

Si mal no recuerdo, en el mercado libre se forman dos clásicas curvas esenciales, oferta y demanda –ya sé que esto es como mentarle la bicha a algunos ideólogos anti, y si no, échenle un vistazo a los libros de bachillerato actuales de algunas CC AA-, que en algún punto del plano de observación se cruzan: ahí tenemos el punto de equilibrio, que admite muchos calificativos según su naturaleza –estable, inestable, etc.-. Claro que en los sistemas de economía estatalizada, controlada, centralizada, socializada, etc. –no de mercado- el precio no lo marca el punto de equilibrio de oferta y demanda, sino las conocidas “Autoridades”. ¿Sería este el caso del terreno urbanizable que controlan las autoridades municipales, entre otras? Me parece que por ahí puede andar esa fantasmal burbuja que se hincha, que la hinchan y que puede llegar a hacer descarrilar la, por todos reconocida, actividad locomotora de cualquier economía: la construcción.
Sigo removiendo mi memoria. Cuando un sector económico está entrando en desequilibrio –Japón entró en esta situación por su mala cabeza, afectando a todo su sistema económico gravemente allá por año 1985. Ya entonces los periódicos empezaron a sacar lo de la burbuja económica del Japón. Cuando el régimen franquista, con ayuda de la sabia y oportuna mano de los “tecnócratas” del OPD, decidió abrirse al mundo con el llamado Plan de Estabilización, primer paso español hacia la “abominada” globalización, lo hizo para poder sanear, crecer y competir. Esta apertura al mundo exterior, inicialmente produjo el mismo efecto metafórico de pinchar el globo, o sea la burbuja, de aquella economía cerrada. Plafff. Sin entrar en detalles, esa apertura, o pinchazo de la burbuja del proteccionismo obligado por el cerco internacional, fue muy bien aprovechada por otros para enriquecerse y, además, trajo el “desarrollismo de los 60”, que tan fundamental fue para que apareciera, en España, una clase media necesaria para la viabilidad de la ahora discutida Transición política.

Pongamos por caso el sector, bien madurito, del automóvil; pongamos que este año se produce una baja cosecha de aceite de oliva –creo que no es el caso-; pongamos que sale un superconductor mucho más barato que afecta a la construcción de esos juguetes electrónicos que tanto nos gustan; pongamos que esta temporada de vacaciones vienen la mitad de los turistas –exceso de oferta de camas de hoteles, personal a la calle, bares cerrados, sobran camareros a mantas; pongamos que la ministra correspondiente se sale con la suya y se carga el sector del vino; pongamos que la correspondiente del cine sigue apretando las tuercas y hay que cerrar un montón de salas de cine. Y así sucesivamente los que admita la imaginación, que de eso se trata. Pues, a toro pasado, cualquiera podría decir, sin que nadie contradiga: “es que se ha pinchado la burbuja”.

Los numerosos análisis que se han hecho sobre el sector inmobiliaria de España –disponibles ampliamente en Internet- suelen tener en cuenta las variables concernidas: demanda de pisos, oferta normalmente bien ajustada –con los retardos propios de todos los sistemas flexibles y ajustables- a la demanda, precio del dinero y facilidades crediticias, situación del sector financiero –impagados hipotecarios-, factores productivos de la construcción propiamente dicha (terreno urbanizable, cemento, saneamientos, mano de obra (ojo), etc.). Todos estos elementos son reales, no son aire de burbuja, afectan y son afectados por el sector.

A su vez, el sector en cuestión, como cualquier otro, está sujeto a los avatares de la acción de los agentes sociales y a las políticas de turno que se manifiestan bajo la forma de lo que conocemos como coyuntura económica –se entiende a corto plazo, pero que si persisten serían manifestaciones de naturaleza estructural-. Ninguna economía, tanto en su expresión macro como micro, es absolutamente estable y sostenible –otra palabra mágica que todo el mundo repite aunque no quepa, pero que casi nadie sabe lo que significa-. Lo contrario sería aceptar que vivimos bajo la tiranía inamovible del concepto platónico, según el cual, existe un modelo ideal y permanente de las acciones económicas humanas. Hoy hemos comprendido que la noción de perfección es anti económica y sólo tiene sentido en un universo estático que, precisamente, no corresponde con el económico. A veces pienso que es posible que, en algunos casos, cuando hablan de la dichosa burbuja, a fuerza de retorcer el lenguaje, la confunden con estafa, evolución tecnológica, desequilibrios económicos, inflación, etc.
En resumen, para terminar con esta primera entrega de la burbuja enigmática, en mi opinión, decir que el sector inmobiliario padece una burbuja de pronóstico reservado o incluso de UCI, es una licencia retórica que, aunque goce de gran aceptación, pende peligrosamente, incluso diría frívolamente, sobre un sector importante que juega un papel clave para la buena marcha de la economía española, como lo sería para cualquier otro país. Otra cosa es que esté gravemente afectada por el poderoso aparato de control administrativo desarrollado por los partidos políticos dominantes en cada municipio, a través de la maraña, a veces, incontrolada de los PGOU, desgraciadamente fuente significativa de corrupción, que se proyecta aviesamente sobre otras actividades relacionadas, lo que significa desenvolverse en un ambiente de inseguridad jurídica que incita, cuando no, obliga, a establecer trapicheos debajo de la mesa, nada transparentes.

Micorreo: El sobrevenido Estado Federal, 30 balas incrustadas en las paredes


Estimada amiga:

Tu breve y lacónica respuesta me ha dejado intrigado por saber, con qué argumentos de los expuestos en mi anterior mensaje sobre las autonomías, ahora te han llevado a interpretar por que “no me gusta” la palabra consenso -objeto de un viejo debate entre tú y yo-. No es que no me guste per se, si no que cada palabra es para lo que es. Como decía Lewis Carroll: no hay mayor despotismo, pretendidamente ilustrado, que el que se ejerce sobre el significado de las palabras, atribuyéndoles otros caprichosos. Sobre la palabra consenso el DRAE dice que es el “acuerdo producido por consentimiento entre todos los miembros de un grupo.” Estoy de acuerdo contigo; no sólo es bueno reflexionar sobre las peticiones o argumentos de los demás, sino que es imprescindible para el normal desenvolvimiento de nuestra vida cotidiana. Lo contrario sería un mundo esquizofrénico, como el que, con frecuencia, tenemos. Por naturaleza, doy por sentado que la avenencia, o rechazo, por parte de un grupo sobre un acuerdo entre todos, habría estado precedida de un diálogo entre los individuos o grupos, afectados. Si no fuera así ya no sería consenso, sería otra cosa. Como ya te manifestaba en mi debatido mensaje relativo al consenso, su apelación abusiva, en realidad, es una mera estrategia tramposa, usada por los que menos poder tienen. En ocasiones, no es más que una puñalada trapera a la democracia.

Permíteme una apostilla a mi anterior artículo sobre las autonomías. El meollo de mi argumento estaba en que se está produciendo una utilización intencionadamente socarrona –no creo que sea fruto de la ignorancia de tan eminentes actores- sobre el concepto de federación. Me explico. Los nacionalistas vascos y catalanes se suicidarían en sus pretensiones independentistas, si aceptaran una constitución verdaderamente federal dentro de la España unitaria actual. No me imagino que cualquiera de los estados de la Unión Americana, por ejemplo California, le diera a Washington D.F. los desplantes del tipo de los que aquí se gastan los gallitos nacionalistas respecto a Madrid Gobierno. Recordemos que, en el marco de la constitución federal de 1788, los norteamericanos tuvieron su Guerra de Secesión (1861-1865). La ganó el norte, Lincoln. Con ello, entre otras cosas sabidas, se consolidó el poder federal centrípeto y equilibrador, frente al poder centrífugo de los estados secesionistas. O sea, se evitó la regresión a la situación de Estados Confederados que existía en 1776, como pretendían los sureños.

El hecho histórico recordado más arriba nos ilustra, también, sobre las consecuencias que tendría, entre otras no menos previsibles, el que las autonomías gobernadas por nacionalistas separatistas se declararan independientes en el marco de la España seudo federal –por lo de asimétrica- que realmente constituye el llamado Estado de las Autonomías. Realmente sería una regresión histórica a un estado confederal, como podría ser la situación existente en la Península de los reinos cristianos, cuando los Reyes Católicos culminaron la reconquista. O para ser más precisos, jurídicamente hablando, a la situación anterior a la constitución de las Cortes de Cádiz de 1812, o sea una España medieval. Además, no es difícil imaginarse el efecto dominó que esto tendría, en los actuales Estados-Nación europeos. O sea, el fin de lo que entendemos, ahora, por Occidente, geopolíticamente hablando.

Si como afirmó Cicerón, la Historia es, no solo aviso del presente, sino también advertencia del porvenir, quizá nos resulte útil repasar la experiencia histórica de nuestra Primera República, acaecida después de la abdicación de Amadeo de Saboya el 11 de febrero de 1873.

Sin llegar a cumplir un año de vida, la I República Española pasó por tres fases sucesivas: comenzó como unitaria, pasó a remedo de federal y terminó como una extraña cosa que, algunos, calificaron como conservadora. Extraña situación que fue “liquidada” por el general Pavía el 2 de enero de 1874, acontecimiento extraordinario sobre el que me referiré más adelante.

Estanislao Figueras, su primer presidente, llegó apoyado por los republicanos radicales y progresistas. En cuanto éstos se pelearon hubo que convocar cortes constituyentes que, inmediatamente, proclamaron una República Federal. Figueras gobernó sólo 41 días.

Al segundo presidente, PI y Margall, además de lloverle las reivindicaciones sociales, se encontró con que todo el mundo creía que lo de República Federal era una invitación a declararse cantón independiente. Como carecía de carácter para tomar decisiones, la cosa degeneró en remedo confederal que terminó en caos. El segundo presidente abandonó el poder un 18 de julio, o sea que gobernó 85 días.

Nicolás Salmerón, el tercer presidente, que llegó también con el propósito de poner orden, tampoco fue capaz de ejecutar las decisiones que dictaban los tribunales. Gobernó durante 50 días.

Por último llegó Emilio Castelar, el seductor y gran orador, que hizo todo lo posible por consolidar la República. Puso un poco de orden, incluso acabó con el cantonalismo, aunque tuvo que gobernar con las Cortes cerradas, pero que, en cuanto las abrió, se formó tal follón que ocurrió lo anunciado más arriba sobre el general Pavía. Este cuarto presidente marcó todo un record, gobernó 118 días. Una curiosidad sobre el origen de los presidentes de la Primera República: dos fueron catalanes y los otros dos andaluces. Ya te habrás percatado, querida amiga, que Andalucía es también tierra de afanosos protagonistas generales en nuestra historia reciente.

Sobre el prometido comentario sobre el general Pavía, hay que decir que su nombre completo era Manuel Pavía y Rodríguez de Alburquerque, nacido en Cádiz en 1827. Ya en 1866 participó en la fracasada sublevación de Prim en Villarejo, -uno de los generales, en este caso catalán, más activo actor de acontecimientos críticos de nuestro siglo IXX-, lo que le obligó a exiliarse y volver, dos años después, tras el triunfo de la revolución de 1868. Siendo Pavía claramente contrario al separatismo, al implantarse la I República le nombraron general jefe de la zona norte donde combatió a los carlistas en Navarra y en Andalucía reprimió el cantonalismo. Siendo Capitán General de Madrid, terminó por dar un golpe de estado el 3 de enero de 1874, irrumpiendo en las cortes de forma violenta, precisamente en el momento que se procedía a nombrar sustituto de Castelar, que acababa de perder la votación, con lo que dio por liquidada nuestra primera experiencia republicana española, justo antes de que se llegara a nombrar un quinto presidente. Se podría decir que más que un golpe de estado, Pavía le dio el golpe de gracia a la I República española.

Resulta ilustrativo y apasionante leer el teatral trozo final del diario de sesiones del aquel 3 de enero de 1874, a propósito de la acción tajante del general gaditano en las Cortes:

“El señor Castelar: Señor presidente, ya estoy en mi puesto y nadie me arrancará de él. Yo declaro que me quedo aquí y que aquí moriré.Un señor diputado: ¡Ya entra la fuerza en el salón!(Penetra en el salón tropa armada.)Varios señores diputados: ¡Soldados! ¡Viva la República Federal! ¡Viva la Asamblea Soberana!(Otros señores diputados apostrofan a los soldados, que se repliegan a la galería, y allí se oyen algunos disparos [dicen las crónicas de la época que más de 30 balas quedaron incrustadas en las paredes], quedando terminada la sesión en el acto.)Eran las siete y media de la mañana.”

Hasta aquí el relato del Diario de Sesiones, salvo los textos de los corchetes por mí añadidos. Amiga, seguro que te ha recordado la invasión el 23 de febrero de 1981 del teniente coronel Tejero, pistola en mano, acompañado de 200 guardias civiles, que a ambos nos tocó vivir.

Frente a la falta de sensatez y sentido común de los actores de este drama, no faltan, ni entonces ni ahora, las grandes palabras. Aquel mismo día, por la tarde, el locuaz Castelar declaró en los periódicos: “De la demagogia me separa mi conciencia; de la situación que acaban de levantar las bayonetas, mi conciencia y mi honra.”

Como se puede comprobar, la vida política de España está plagada de generales insurgentes. Su protagonismo no era nuevo entonces, ni tampoco lo ha sido después. Sí fue innovadora la forma de imponer un nuevo orden político, teóricamente republicano, bajo las ordenes del general Serrano, también gaditano, hasta que, otro general, Martínez Campos –para variar, don Arsenio era segoviano- dio, el 29 de diciembre, un “pronunciamiento” –figura típica del repertorio de formas de gobierno hispanas- a favor de Alfonso XII, dando así lugar el comienzo de otra etapa de la historia de esta sufrida España, conocida como La Restauración

Estimada amiga, resulta sorprendente, por no decir patética, la semejanza de cuadros y situaciones que se repiten a través del tiempo y que incluso a algunos nos ha tocado revivirlas. Seguramente esto te recordará, como a mí, la repetida frase del filósofo y poeta madrileño de nacimiento, aunque educado en Estados Unidos, George Santayana: “Aquellos que rehúsan aprender de la historia están condenados a repetirla.”

Hasta la próxima.
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domingo, 15 de abril de 2007

La identidad nacionalista, utilizada como muro separador

La identidad no es un atributo categórico. Es más bien una encrucijada donde convergen y se cruzan multitud de elementos del pasado y del presente, propios y ajenos. Tiene más que ver con la coyuntura y con hechos históricos determinados. Por lo mismo, le afecta la evolución, el cambio y se transforma en función de la mutación de los múltiples factores que la disponen. En realidad, todas las culturas son compuestas y beben de múltiples fuentes. La pretensión de inmanencia que supone la noción de identidad manejada por los nacionalistas excluyentes, encubre el empeño de rechazar la diversidad frente a la homogeneidad. En el fondo, constituye un claro proceso de dominio de una comunidad por otra.

La visión de que la identidad es una herencia que los grupos étnicos o religiosos reciben de sus ancestros, y que deben preservarla tal como fue creada, además de ser un mito significa no entender el sentido de la evolución. En realidad no es una gracia divina o natural, es un acto político que forma parte de un proyecto colectivo guiado por una decisión estratégica. Pero como la propia Historia nos demuestra, se elabora hoy y morirá mañana, como acontece con cualquier fenómeno histórico. Por tanto, es vulnerable e inestable como lo son todas las entidades que emanan de una coyuntura.

La identidad, utilizada con la misión de ser muro separador, es una forma -sutil o burda, según los estilos-- de auto definirse en relación con los demás. Normalmente se utiliza para hacer la representación de un pueblo superior bajo la bota de un pueblo inferior -victimismo--, a los que se le denomina bajo nombres de significado peyorativo, tales como charnegos o maketos. La dinámica de esta nueva identidad que elaboran los nacionalistas excluyentes les lleva a una hiper revalorización de la lengua y del patrimonio cultural. Se llega al extremo de auto proclamarse nación y negársela al vecino. Rechazan la existencia de una comunidad nacional por el hecho de que esté constituida por multiplicidad de etnias -contaminada, dirían. Bajo este enfoque ¿sería lícito negar que los Estados Unidos constituyen una comunidad nacional?

El deseo de identidad étnica sólo se manifiesta y se convierte en dominante en las formaciones sociopolíticas donde el Estado se debilita y parece perder su carácter nacional, es decir universal. Tengo todos los titubeos del mundo en cuanto si el invento de las Autonomías, intencionadamente instaurado sin techo competencial, hecho a la medida coyuntural para dar satisfacción a los nacionalistas, ha sido la causa que nos ha traído un extraño proyecto de Estado "plurinacional". Los expertos en Derecho Constitucional, no sectarios, afirman que el Estado de las Autonomías, tal como está todavía --se dice pomposamente: "el Estado más descentralizado del mundo"-- es lo más parecido a un Estado Federal, aunque con algunas inconveniencias técnicas relativas a la falta de demarcaciones y al equilibrio necesario entre descentralización y centralización. Pero cualquiera que no se deje engañar por el alambicado y leguleyo lenguaje de los "planes para un nuevo modelo de relación con el Estado Central", sabe que lo que buscan los nacionalistas es la regresión a una Confederación de Estados Soberanos. Es como si Estados Unidos, que alcanzó su Constitución Federal en 1788, diera marcha atrás y ahora pactara la Confederación de 1776. Surrealismo puro.

Los nacionalismos excluyentes de ahora construyen su edificio mítico sobre la identidad, a la que le asignan una calidad intrínseca "inalienable e inalterable". Estos nacionalismos, además de cimentar actos reaccionarios contra la modernidad, asignan a la identidad una condición mágica, cuando no sagrada. En ese sentido, los nuevos ismos son una vuelta de tuerca más del nacionalismo. Por ejemplo, el catalanismo, que pretende presentarse como una recuperación de la identidad y de la autenticidad, "entorpecida desde hace siglos por la alienación política y cultural ejercida por el opresor castellano", poniendo como fecha símbolo la ya citada de 1714.

El nacionalismo, lo que pretende es que el poder político lo acapare todo -especialmente la Religión y la Enseñanza- y de este modo reforzar su actuación y atajar toda eventualidad. Se trata, en gran parte, de un nacionalismo dirigido por élites que defienden el espacio de su soberanía en competición con las élites adversas y concurrentes del "país opresor". Construyen cortafuegos de protección a base de levantar muros de ignorancia de todo lo relativo al vecino, al que se silencia en sus libros de historia y geografía. Los escolares de los nacionalismos excluyentes pasan por centros de mentalización tipo ikastolas o madrazas -la de los islamistas donde a los estudiantes o taliban se les obliga a ignorar todo lo demás. Es un sistema de lavado perfecto y de conocimientos sectarios. Con esa educación cercenada, en el futuro serán un grupo interesado en la defensa de la nación excluyente, pues sólo así encontrarán aceptación entre los suyos. Por su actitud, los nacionalistas excluyentes son partidarios de aplicar sus doctrinas de forma inflexible y a veces intangible. Los individuos no cuentan, sino el pueblo que es el que tiene los derechos. La nación elevada a la categoría de divinidad y dotada de derechos provenientes de orígenes perdidos en la noche de los tiempos, permite la autorrealización de la esencia de la tribu.

El método dialéctico más frecuentemente utilizado por los defensores del nacionalismo excluyente es el de escudarse en el burladero de que también existe un nacionalismo español, al que, por supuesto, se le niega su derecho y legitimidad. Recordemos el aserto contundente del honorable Pujol: "España no es una nación". Ciertamente, el error más grave que comenten en este debate es el de equiparar ambos nacionalismos. Dialécticamente parten del principio de que si los dos son la misma cosa, ellos también tienen derecho a "reclamar su sitio". ¡Que simpleza! Como defensa, es un error negar la existencia del nacionalismo español. Naturalmente que existe un nacionalismo español desde hace siglos. Pero existen importantes diferencias entre un nacionalismo cívico y constitucionalista, como los que ya se conocieron al principio del siglo XIX, como el que representa la Constitución de Estados Unidos o nuestra Constitución de 1978, y los nacionalismos actuales que propugnan en sus "planes" y propuestas del tipo catalán o vasco, que, como dice García de Cortazar, son "nacionalismos comunitaristas, basados en formas de integración social y, consiguientemente, de exclusión del "otro" que contradicen los fundamentos clásicos de la sociedad liberal y moderna".

Ya hace tiempo que el debate sobre nación y sociedad está suficientemente expuesto, aunque una y otra vez la enorme retórica desplegada estos años no hace más que confundir y desinformar, con el objetivo de camuflar la operación de regresión a la tribu, a los entes, a los pueblos, ignorando al individuo. Ninguna constitución verdaderamente moderna, de raíz democrática y respetuosa con los derechos humanos deja de tener como centro de gravedad a los individuos. La nación no puede concebirse como un fin en sí misma, sino como el medio adecuado en el que los individuos pueden desarrollarse y realizarse libremente, en la medida que la nación es garante de las libertades de todos.

Pero lo peor de todo es que, frente a estos nacionalismos reaccionarios y ultra conservadores, encontramos ciertos sectores de la sociedad, principalmente la llamada progresista o de izquierda, que les conceden un plus de legitimidad bajo eslóganes tan impúdicos como el de la pluralidad y el derecho de autodeterminación de los pueblos. El resultado perverso de esta situación es la impunidad política de la que gozan, con el apoyo y la comprensión de importantes medios de comunicación, de los "intelectuales abajo-firmantes" y demás plataformas para todo.

De este proceso de sublimación de los nacionalismos surgen los ismos filosóficos con los que se alimentan los radicalismos, como el islamismo lo es del Islam. Estas vueltas de tuerca que representan los ismos, llevan a una fractura del proceso de la verdadera modernización de la sociedad. Es la manifestación de una crisis. Es curioso como los nacionalismos vasco y catalán, cuya fuente espiritual proviene de Arana y Prat de la Riba, se auto definieron como informados por el catolicismo, lo que les confiere una importante fisonomía de divinidad. En su caso, su nuevo Dios es la Patria. A pesar del tiempo transcurrido, en la actualidad se comprueba el fuerte conservadurismo de las viejas ideas. Crisis que reviste, en todas las sociedades periféricas y provincianas, un carácter devastador, y que toma en las sociedades nacionalistas una forma ideológica elocuente.

¿Son estos ismos nacionalistas una reacción ideológica a un fracaso histórico, explicable políticamente? La experiencia histórica demuestra que estos movimientos reivindicativos lo que hacen es preparar el terreno al nacionalismo excluyente y a veces violento. Aunque luego pretenden legitimarse bajo la careta de la lucha por la libertad o "contra los efectos devastadores de la globalización que borra los signos de identidad". Se auto proclaman "defensores de pueblos" imponiendo a los individuos -que pierden su rostro y ojos bajo el manto del pueblo- su modelo de nación-estado, siempre de arriba abajo. Su retórica es embriagadora al presentarse como la identidad de los que no la tienen -naciones sin estado-, la de los grupos e individuos desclasados, disociados de todo. Es la ideología de la falsa modernidad, a contracorriente, en la cual el excluido pretende rehabilitarse mediante la exclusión del excluyente.

Estos movimientos de vuelta de tuerca retoman sobre sus hombros todas las reivindicaciones insatisfechas en los períodos precedentes. Por ejemplo, el catalanismo desde 1714 hasta el fin de la Guerra Civil y recupera, dentro de un voluntarismo extremo, consignas, técnicas de acción y métodos de trabajo de los antiguos movimientos revolucionarios. Para ello, pretenden ser, de entrada, una solemne negación del orden establecido en todos sus aspectos. En su discurso, y en su práctica, no desaprovechan cualquier oportunidad para deslegitimar los poderes establecidos que gobiernan legítimamente.

En una situación marcada por el agravamiento de la crisis de modernidad que vivimos, esta política no tiene más que efectos negativos. Los movimientos nacionalistas siguen la estrategia de afirmarse cada vez más como la única fuerza de oposición a los poderes corrompidos de los españolistas opresores, y de esta forma recogerán los frutos deseados, aumentando simultáneamente en influencia y medios de acción. En las distintas formas que adopten como organizaciones políticas, pueden discrepar por la forma pero no por el fondo. CIU le reprocha a ERC lo inoportuno de las formas del pacto con ETA, o se enfadan porque los hayan desplazado del sillón del poder con ayuda de un partido que obedece ordenes de "los de Madrid".

Y finalmente, los nacionalismos de nuestra época representan la gran paradoja de la sociedad de la comunicación y la globalización. Constituyen una crisis de modernidad. Desgraciadamente el nacionalismo no es la única manifestación de esta crisis. Sólo es la expresión de una de las numerosas obstrucciones apreciables, por otra parte, en todos los campos: político, social, económico y cultural, en muchas partes del mundo, como una paradoja dramática entre mundialización y tribu. En este sentido, esta crisis, aunque sea específica de las sociedades periféricas, no es exclusiva. Constituye uno de los aspectos fundamentales de una crisis mundial.

sábado, 14 de abril de 2007

Kyoto, la flecha lanzada sobre un blanco incierto

Desde hace unos años todo lo relacionado con el cambio climático, o sea el recalentamiento de la Tierra o el efecto invernadero, está siendo objeto de un acalorado debate. La discusión traspasa el ámbito académico, y se sitúa en un terreno donde las presiones políticas y los intereses económicos -la mayor parte de las veces no visibles para el ciudadano normal- adquieren una importancia sobresaliente. Pero el hecho es que estas cuestiones de moda constituyen el principal argumento -¿o coartada?- para remover el cotarro propio de ciertos grupos de ecologistas con intereses no muy claros y políticos ávidos de arrastrar votos. Precisamente, la falta de unicidad en las conclusiones de los diferentes estudios sobre el cambio climático, es la causa de que se produzcan posicionamientos en pro y en contra de las hipótesis que señalan la influencia humana como responsable del problema.

La situación ha llegado a un punto en el que se ha llegado a insinuar que, en determinados casos, se han favorecido estudios en uno u otro sentido según sus conclusiones favorezcan determinados posicionamientos que puedan luego verse beneficiados de importantes apoyos políticos y económicos. El otro cotarro está en el movimiento anti globalización. Uno y otro, cambio climático y anti globalización –este último ha cedido protagonismo al anterior-, son las dos grandes movidas de las pasarelas de la moda sociopolítica. Cotarros o movidas tienen su evidente proyección en el ámbito económico, aunque se haga lo posible por camuflar sus imprevisibles consecuencias.

Esta historia del cambio climático, en estos momentos está en una situación que me recuerda a “el jardín de senderos que se bifurcan” del cuento caótico de Borges (Ficciones, Alianza 1998). Según la información que por el momento nos ofrecen los científicos, realmente estamos en una encrucijada de la que parten diferentes caminos que, a su vez proliferan y se bifurcan. Por la teoría de la toma de decisiones del análisis estratégico, sabemos que, según el camino que escojamos crearemos diferentes porvenires, diversos tiempos, distintas consecuencias. Con esto se nos advierte que el laberinto que en este momento tenemos a la vista, es una imagen, aunque no falsa, pero sí incompleta. Sin embargo la impresión que se saca del inquietante Protocolo de Kyoto del año 1997, corroborado por los ya famosos IPCC de los expertos de la ONU, es que ya tenemos tomada una decisión grave, cuya característica es que es, irreversible y costosa. Aunque esto debiera significar una llamada a la prudencia, sin embargo da la impresión que la flecha ya está lanzada.

Lo que me propongo no es hacer una aportación científica sobre la debatida cuestión del cambio climático, labor que humildemente dejo a los científicos en la materia -yo no lo soy en este campo-, sino comunicar, a los que quieran leer este post, mi notable preocupación, desde hace algún tiempo, por las graves consecuencias que puede tener la toma de decisiones sobre un problema que aún no sabemos si realmente es un falso problema.

Resulta curioso ver como todo el mundo sigue ciegamente por la senda de los elefantes, sin reparar un minuto en comprobar cuanto fundamento existe en estas grandes cuestiones de las que se pide que se acepten sin rechistar. Llama la atención que haya tanta gente que se apunta a la moda, repitiendo la cantinela sin más. Hay que decir que de esta adhesión multitudinaria, que toma la categoría de fenómeno, resultan víctimas propiciatorias muchos de los profesionales de los medios de difusión. La verdad es que resulta muy difícil no caer en las redes de estas grandes operaciones de verdadero pensamiento único. A fuerza de verlo y oírlo continuamente en todos sitios, uno acepta que se trata de una verdad indiscutible, precisamente ahora que parece que todo el mundo está de acuerdo en que no existen verdades absolutas, ni en la Ciencia.

Por ejemplo, y con el objeto de introducir una duda ante tantas certezas, probemos a navegar por Internet -la tan discutida Internet, precisamente paradigma de la globalización- lugar donde se puede encontrar todo lo malo y perverso de nuestro mundo -si uno se lo propone-, también se encuentra lo más valioso. Por ejemplo, en el terreno de la Ciencia, se pueden encontrar fuentes de información que antes considerábamos impensables, reservadas sólo para privilegiados súper científicos. Y precisamente ahí, en Internet, se pueden encontrar numerosas informaciones procedentes de instituciones prestigiosas que dejan, para quien lo quiera ver y verificar, que existen otras opiniones distintas de las consagradas como indiscutibles. Con ello, Internet esta haciendo realidad el hecho de que la Ciencia será la nueva gran cultura universal del siglo XXI. Entre los muchos "sitios" que se podrían recomendar, en mi caso me referiré a uno que yo suelo visitar llamada BorNet, que ofrece una buena revistas sobre la ciencia, para entender, hecha a la medida de no especialistas, como yo (http://www.bornet.es/news/climatología/) .

Pues bien, en esta revista uno se puede enterar de que los rayos cósmicos, que están regulados por las variaciones del flujo del viento solar, actúan sobre la atmósfera terrestre ejerciendo una importante influencia sobre la formación de las nubes. Este fenómeno no pasaría de ser uno más de los que hoy nos ofrecen las páginas especializadas de los periódicos, si no fuera por que, de confirmarse dicho fenómeno, las estimaciones actuales sobre el papel de los gases de efecto invernadero en el calentamiento de la Tierra tendrían que ser revisadas.

Se tiene comprobado que la intensidad de rayos cósmicos que inciden sobre la Tierra sufre oscilaciones apreciables, teniendo como causa principal las variaciones del flujo del viento solar emitido. Esto es debido a que el viento solar actúa como escudo protector de los rayos cósmicos. Es decir, en los periodos con una mayor emisión de viento solar -que coincide con la aparición de mayor número de manchas solares- se aprecia una menor llegada de rayos cósmicos a la Tierra.

Describir la fase siguiente de este proceso se complica de manera considerable, sobre todo cuando uno no es un científico especialmente preparado en este campo. Así, la incidencia de los rayos cósmicos en la atmósfera provoca fenómenos de ionización por colisión, que son más intensas en las capas superiores de la atmósfera y disminuye a medida que se desciende. A su vez está relacionado con la producción de aerosoles -partículas pequeñísimas de líquidos o sólidos suspendidas en el aire, entre las que se encuentran polvo, sal marina, hollín, restos de combustión de materias orgánicas, sulfatos, nitratos, etc.-. Es decir, se piensa que los rayos cósmicos influyen en la formación de micro partículas de hielo en las nubes altas, ya que los aerosoles actúan como núcleos de condensación de nubes lo que permite su formación. O sea, en los procesos microfísicos de formación de las nubes, son necesarias la presencia de partículas micrométricas -con afinidad con el agua- para que se produzcan su formación.

Existen satélites artificiales específicos para observar los procesos de la formación y comportamiento de las nubes (International Satellite Cloud Project, ISCCP) que permiten comprobar que existe una correlación significativa entre la intensidad de los rayos cósmicos y la frecuencia de las nubes bajas -están situadas a altitudes inferiores a los 3.200 metros-.

La conclusión de todas estas observaciones sobre las nubes es que, el efecto de la capa nubosa sobre el balance de radiación recibida/emitida por la Tierra, varía en función del tipo de nube. Así, aquellas de pequeño grosor situadas a altitudes medias y altas favorecen el calentamiento global, ya que son relativamente transparentes. Sin embargo, si se observan las nubes de mayor grosor o las situadas en las capas bajas de la atmósfera, se aprecia que predomina el efecto reflexión de las radiaciones recibidas frente a la energía que impiden se irradie al espacio. Como el incremento en los rayos cósmicos, regulados por la disminución de la actividad solar, estaría asociado a incrementos en la formación de nubes bajas, lo que favorecería un enfriamiento relativo de las temperaturas en superficie y viceversa.

Para estudiar a fondo el complicado mecanismo antes descrito, están implicadas 17 instituciones y universidades internacionales que tienen destinados a esta tarea a sus mejores científicos en al llamado Proyecto CLOUD (Cosmics Leaving Outdoor Droplets). Entre los países a las que pertenecen las citadas instituciones y universidades figuran: Dinamarca, Noruega, Suiza, Finlandia, Rusia, Reino Unido, Alemania, Estados Unidos y Austria.

En fin, es posible que con este aluvión de información con argumentos “alternativos” a los que frecuentemente se suelen utilizar, de forma concluyentemente, sobre las causas del calentamiento de nuestro planeta, lo que haya conseguido haya sido complicarle la vida a algunas personas que tienen ya adoptado su esquema de causas. En realidad se trata de ofrecer una invitación a la reflexión sobre el peligro que representa ignorar las otras fuentes de información que, en realidad no han sido perversamente “construidas” como una antítesis de las generalmente aceptadas, sino como una llamada a la prudencia.

Son lamentables las noticias que con alguna frecuencia aparecen en los medios de comunicación sobre la presión, incluso mediante amenazas de muerte, que han sufrido aquellas personas, científicos o no, que han osado aportar simplemente, presentar otras opiniones. En principio, y a reserva de la información que todavía necesitamos descubrir y comprender, como economista, me preocupa, de forma notable, las consecuencias sociales y económicas que pueden tener, no sólo para los países desarrollados, sino especialmente para los que están en vías de, de llevar hasta sus últimas consecuencias los acuerdos de Kyoto. El último informe del ya famoso IPCC de los expertos de la ONU sobre este debatido tema, en principio, me parece más de lo mismo y, no me importa decirlo, me parece una invitación a tomar a ciegas un sendero que no está suficientemente iluminado.

Creo que se están tomando acciones acaloradamente, en las que duda la prudencia. Como decía Gracián “la prudencia no admite probabilidades”. Lo peor de todo es que la flecha lanzada de Kyoto, es una decisión tomada en un ambiente en el que no se admiten discrepancias interiores, condición en la que las cosas suelen terminar mal . Los famosos paneles oficiales hablan con demasiada facilidad, por lo que se corre el riesgo de que, en cualquier momento, sean vencidos y convencidos por los que discrepan. ¿Por qué tanta prisa sin darle oportunidad a la discrepancia, a la profundización. Sería lamentable que esto resultara la fiesta de los necios del destiempo.